Durante generaciones, a las niñas de México se nos enseñó una historia contada casi sólo por hombres. Aprendimos nombres de héroes, fechas de batallas y retratos de próceres, pero muy pocas veces escuchamos el nombre de una mujer. Y cuando aparecía alguna, era casi siempre como acompañante de la hazaña de otros.
Hoy esa historia está cambiando. A dos años del gobierno de la primera mujer Presidenta en la historia de nuestro país, la Dra. Claudia Sheinbaum Pardo, el calendario cívico, que antes no tenía una sola mujer, reconoce hoy a 24.
Y cada semana, desde la conferencia matutina, se recuperan historias que nos pertenecen, como la de los congresos nacionales de obreras y campesinas de los años treinta, donde mujeres de distintas corrientes debatieron sobre trabajo, educación, salud y derechos políticos, y terminaron por sumar fuerzas en la lucha por el voto femenino.
De aquellos encuentros surgieron nombres que merecen estar en la memoria colectiva, como Elvia Carrillo Puerto, María del Refugio García o Concha Michel, y una organización que reunió a mujeres de todas las tendencias: el Frente Único Pro Derechos de la Mujer, fundamental en la conquista del sufragio.
Ninguna de esas conquistas fue un regalo, cada derecho que hoy ejercemos se ganó en la calle, en la fábrica, en el campo y en la asamblea.
Lo mismo ocurre con la Independencia. Mujeres como la generala Antonia Nava y la capitana Manuela Molina combatieron junto a los pueblos indígenas y afrodescendientes del sur que sostuvieron la insurgencia en sus años más difíciles.
No eran figuras decorativas: eran parte del movimiento que soñó un país sin castas ni esclavitud. El propio Morelos
aprendió a leer con su madre, y quizá por eso supo reconocer el valor de las mujeres al otorgar grados militares a insurgentes en plena guerra.
Cuando una niña escucha esos nombres, deja de preguntarse si puede y empieza a decidir qué quiere ser.
Nuestra Presidenta lo explicó así: que una mujer haya llegado a la Presidencia cambia la mentalidad de las niñas, y también la de los niños, porque transforma la forma en que se relacionan.
Por eso «llegamos todas» es mucho más que una frase: es ser presidenta en la casa, en la escuela, en la calle y en cada espacio donde una mujer decide.
Como mujer y como zacatecana, tengo claro que el reconocimiento histórico es apenas el comienzo.
Para romper el techo de cristal necesitamos golpes contundentes. La paridad que sólo existe en las listas y no en la mesa donde se toman las decisiones no es paridad.
Por eso sostengo que la igualdad tiene que ser sustantiva: mujeres en los gobiernos, en los tribunales, en las presidencias municipales y en la conducción del movimiento, y al mismo tiempo una vida libre de violencias, porque ninguna igualdad es real si las mujeres viven con miedo. Eso es lo que impulsa nuestra Presidenta, y eso es lo que defiendo en Zacatecas.
El reconocimiento también se ha vuelto política pública. La Pensión Mujeres Bienestar reconoce el trabajo de toda una vida, muchas veces sin salario, de las mujeres de 60 a 64 años, y en Zacatecas funcionan 58 Centros Libres donde las mujeres encuentran orientación, acompañamiento y comunidad. Así se pasa del homenaje a la vida cotidiana.
Nuestro estado también tiene mujeres que sostuvieron causas sin aparecer en los libros: campesinas, maestras, migrantes, trabajadoras que hicieron comunidad y que levantaron familias enteras. A ellas les debemos memoria, y también futuro.
Porque es tiempo de mujeres, y la historia, por fin, empieza a nombrarnos a todas.
