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Papa León XIV: «queridos migrantes, quiero inclinarme ante su dignidad»

Madrid. El papa León XIV pronunció quizá uno de los discursos más importantes desde que asumió el cargo del obispo de Roma, de jefe del Estado del Vaticano y del líder de la congregación religiosa, en el que se lamentó de la construcción de un mundo en el que condena a las personas a arriesgar su vida para buscarse un mejor futuro. En su última etapa de la gira en España, después de estar en Madrid y Barcelona, Robert Prevost visitó las Islas Canarias, entre ellos uno de los puntos más problemáticos en materia migratoria, el puerto de Arguineguín, escenario de tragedias y dramas humanos en los últimos años.

El papa León XIV ha situado la migración y su torrente de sufrimiento y discriminación como una de las prioridades de su pontificado, de ahí que entre sus primeros viajes al exterior haya sido la Islas Canarias y la italiana isla de Lampedusa, donde estará el próximo mes de julio, para compartir con su feligresía el fenómeno universal de la migración. En su discurso en el puerto de Arguineguín, el papa advirtió: “Esta isla, pequeña en extensión, pero grande en humanidad, ha visto llegar a miles de personas arrancadas de su tierra y confiadas a la fragilidad de un cayuco. Aquí hay personas recuperadas del mar y cuerpos exánimes rescatados de las aguas. Por eso, el Sucesor de Pedro no puede desentenderse de estos muelles. La Iglesia no puede desentenderse de estas aguas ni de ningún lugar donde el hambre, la sed, la violencia, el miedo o el exilio sigan hiriendo la dignidad humana. Los discípulos de Jesús no pueden considerar ajeno el clamor de quienes gritan desde la noche”.

Además señaló que “en el lenguaje bíblico, el mar puede ser imagen de amenaza, oscuridad y caos. Allí aparecen el Leviatán, figura de la fuerza que devora, y Rahab, nombre que evoca la soberbia de los poderes que se levantan contra Dios y contra la vida. También hoy existen monstruos que acechan estos mares: mafias que trafican con la desesperación, tratantes que esclavizan mujeres y niños y la indiferencia de muchos que permiten que los pobres sean tragados por la explotación o por el olvido”.

Después de escuchar los testimonios de varios sobrevivientes y personas que trabajan de voluntarios para ayudarlos a mantenerse con vida en la dura travesía del mar Mediterráneo hasta llegar a suelo europeo, el líder religioso afirmo que “queridos migrantes: antes de decirles cualquier otra palabra, quiero inclinarme ante su dignidad. No son números ni expedientes. Ustedes son personas con una familia y una casa dejada atrás; con sueños que nadie tiene derecho a despreciar. Pero también quiero decirles que su vida debe ser protegida. No entreguen su existencia a quienes comercian con ella. No les crean a quienes prometen paraísos fáciles a cambio de su cuerpo, de dinero, de silencio o de su libertad. Esas falsas promesas son cantos de sirenas, son industrias de muerte”.

Con el gesto serio, el líder moral del catolicismo añadió que “este drama debe convertirse en examen de conciencia: para las naciones de origen, que deben crear condiciones de paz, justicia y desarrollo; para las naciones de tránsito, llamadas a proteger y no a dejar a los débiles en manos de redes criminales; para Europa, que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas; para la comunidad internacional, llamada a una cooperación eficaz y perseverante”.

Y, finalmente, una llamada de atención directa a los poderosos: “Desde esta isla, quisiera que la voz de quienes han hablado hoy alcanzara a quienes tienen en sus manos responsabilidades decisivas —autoridades civiles, parlamentos, gobiernos y organizaciones internacionales—, y también a las comunidades cristianas, a las demás tradiciones religiosas y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad. No basta gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras o lamentar las muertes cuando ya han ocurrido. Cada barca que llega no trae solo migrantes; trae consigo una pregunta: ¿qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar vida?
La dignidad humana exige vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes, protección efectiva a las víctimas, procesos serios de acogida e integración, y políticas que permitan a cada persona vivir con dignidad en su propia tierra. Si bien existe un derecho a buscar refugio cuando la vida es amenazada, también existe el derecho a no tener que migrar: el derecho a permanecer en la propia casa sin hambre, sin guerra, sin persecución, sin violencia, sin que la tierra se vuelva inhabitable, sin que la corrupción robe el pan de los pobres, sin que las armas destruyan el futuro de los niños. No podemos acostumbrarnos a contar muertos. La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera”.

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