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Con 2-0, México vence a Sudáfrica y se lleva la victoria en el primer partido del Mundial 2026

Ciudad de México. El Estadio Azteca, el templo que coronó a Pelé (1970) y Diego Maradona (1986), volvió a mostrarse al mundo como un enorme cuenco de delirio colectivo. Ahora lo llaman Estadio Ciudad de México, pero el cambio de nombre no le quita la dimensión de su historia: es el único recinto sobre la tierra que ha soportado la organización de tres inauguraciones de la Copa del Mundo. Su mística no es un invento del marketing, está metida en las páginas de la literatura y los himnos del rock: “Cuando era niño/ y conocí el Estadio Azteca/ me quede duro/ me aplastó ver al gigante/ de grande me volvió a pasar lo mismo/ pero ya estaba duro mucho antes”. Porque sobre el césped de este gigante, como canta el argentino Andrés Calamaro, se labraron las mayores gestas del siglo XX, pero también victorias domésticas, imborrables, como el 2-0 con el que México venció este jueves a Sudáfrica en el inicio de la cita mundialista.

La grandeza del Azteca es más que una cuestión deportiva. El 19 de septiembre de 1985, a escasos nueve meses de su segundo Mundial, el recinto se quedó de pie, intacto, mientras la Ciudad de México se desmoronaba bajo uno de los terremotos más feroces de su historia. Para entonces ya cargaba con el peso de 1970: 10 partidos albergados y una placa de bronce que recuerda el ‘Partido del Siglo’, aquella semifinal del 17 de junio donde Italia y Alemania Occidental jugaron una oda agónica al futbol. Más tarde vendría 1986, la cumbre de Maradona, esa tarde en que inventó la trampa sagrada de la Mano de Dios y una carrera de barrilete cósmico que dejó a Inglaterra fuera de las semifinales.

El de Quiñones, el tercer gol más rápido de México en un Mundial

En este Mundial compartido, la mística de la casa del Tricolor tiene fecha de caducidad: llegará solo hasta los octavos de final. Y a ese milagro se aferra la selección de Javier Aguirre. Esta tarde, cuando el Cielito Lindo empezaba a flotar en el aire, Julián Quiñones abrió el partido. Iban apenas ocho minutos. Fue el tercer gol más rápido en la historia mundialista de los mexicanos, el grito más esperado por 80 mil 824 asistentes, una onda expansiva que sacudió el cemento de las tribunas recién remodeladas.

Quiñones, el colombiano que eligió a México como su casa, aprovechó una mala salida del contención Sphephelo Sithole -asfixiado por la marca de Erik Lira- y metió un remate entre las piernas del arquero Ronwen Williams. En la memoria estadística, sólo Luis Flores en 1986 (a los tres minutos contra Paraguay) y Rafael Márquez en 2006 (a los seis ante Argentina) se anticiparon al registro de su velocidad.

La mayoría de los partidos de esta edición, incluida la final, se mudarán a los complejos relucientes de Estados Unidos. Pero México, que apenas tiene 13 de los 104 encuentros, es un país que vive el futbol con un enamoramiento ciego. Sus mejores noches siempre ocurrieron aquí, cuando el calor de la casa empujó a sus jugadores al mítico quinto partido. Esta vez, sin embargo, la fiesta llegó precedida de preocupaciones. El proceso previo tuvo tres entrenadores (Diego Cocca y Jaime Lozano, antes que Javier Aguirre), un equipo en vías de una renovación forzada, además de la sombra de una FIFA acorralada por la crítica: entradas impagables, visados denegados por el vecino del norte y el ruido de fondo de la guerra en Medio Oriente.

Dentro del coloso, el juego impuso su propia relación emocional. La ceremonia inaugural mostró el reverso de la moneda con miles de personas desbordadas por la emoción, arrojando sombreros de cartón desde las gradas, ensayando la Ola, el “olé, olé, olé” y cantando a capela como si les fuera la vida en ello: “Aaaay, aaaay/ aaay, aaay/ canta y no llores”, coreó una multitud, aliviada por la ventaja. Al menos durante el primer tiempo. Porque, después, el futbol se volvió frágil, monótono, y la expectativa empezó a gotear. Un tiro al poste de Quiñones y un centro de Álvaro Fidalgo, que Raúl Jiménez no alcanzó a puntear, mantuvieron el barco a flote hasta el minuto 60. Entonces aparecieron los primeros silbidos, un murmullo constante que en el Azteca siempre precede a la condena.

La expulsión de Sithole —que derribó a Brian Gutiérrez cuando se iba solo frente al arco— en lugar de aliviar el panorama, tensó los nervios del técnico Javier Aguirre. El público empezó a cobrarle al equipo la falta de ambición, la parsimonia de unas piernas que ya no corrían con la furia del inicio. Cuando el templo latía cada vez más bajo, Jiménez levantó la mano. Empecinado en romper su propio invierno de goles en Copas del Mundo, conectó de cabeza un centro de Roberto Alvarado para firmar el 2-0 (67). Fue un estallido de alivio. Como si alguien, justo a tiempo, hubiera vuelto a encender la mecha dentro del gigante.

Lo que siguió después fue la desatención, las huellas del cansancio físico y mental. Dos tarjetas rojas, la del sudafricano Themba Zwane y la del sonorense César Montes, por diferentes acciones con fuerza desmedida. Por primera vez en la historia de los Mundiales, México celebró un triunfo en un encuentro inaugural. Atrás quedó la condena estadística que el país arrastraba como una cruz desde Uruguay 1930. La maldición se quebró. Contra la política, contra el escepticismo, contra sus propios fantasmas, el viejo templo del futbol decidió jugar de su lado.

¿De dónde es Julián Quiñones?

Julián Quiñones nació en Colombia,el 24 de marzo de 1997 y llegó a México en 2016 para jugar en la segunda división con los Venados. El delantero alcanzó su cumbre como goleador con Atlas y América, por lo que se naturalizó en mayo de 2023.

Una vez consolidado en México, el ariete firmó con el equipo Al-Qadsiah, de Arabia Saudita, donde juega contra Cristiano Ronaldo. El tricolor ha destacado en la Saudi Pro de tal manera que en esta temporada culminó como máximo goleador del torneo.

Aunque en un inicio Julián Quiñones no era del total agrado de Javier Aguirre, técnico del Tricolor, se ganó el pase al Mundial por su gran desempeño como rompe redes en Arabia.

 

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