Donald Trump vuelve a exhibir el nerviosismo que lo persigue desde que dejó la Casa Blanca. En discursos recientes, el mandatario ha insistido en que “deben ganar las elecciones de noviembre” para evitar lo que describe como una cacería política en su contra. Para sus críticos, esta narrativa no es otra cosa que la confesión implícita de su temor a enfrentar a la justicia, especialmente por decisiones de política exterior que —aseguran— cruzaron líneas legales y éticas.
Uno de los episodios más polémicos es el intento de forzar la caída del gobierno venezolano y las acusaciones de un secuestro ilegal del presidente Nicolás Maduro, señaladas por analistas y gobiernos de la región como una violación al derecho internacional. Aunque Trump y su círculo han negado irregularidades, el tema vuelve una y otra vez al centro del debate, alimentando la percepción de que la política exterior trumpista operó al margen de la legalidad y con métodos propios de una aventura imperial.
Trump ha repetido que, si los demócratas conservan o recuperan el poder, impulsarán juicios políticos y procesos judiciales que podrían llevarlo a prisión. Esta advertencia, más que una estrategia electoral, revela el pánico de quien sabe que sin el control del aparato político, la impunidad se desvanece. Para amplios sectores, su campaña ya no es un proyecto de país, sino una carrera desesperada para evadir la justicia, usando el miedo y la confrontación como último refugio.