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Alito desesperado, exige a los priistas que lo arropen en redes

Mientras crecen las denuncias en contra de Alejandro “Alito” Moreno por presuntos actos de corrupción, enriquecimiento ilícito y vínculos con redes criminales, el PRI ha activado una estrategia de defensa que más que esclarecer los hechos, busca encubrirlos bajo el discurso de “persecución política”.

En un mensaje interno firmado por el diputado Bernardino Antelo, presidente de CONALPRI, se instruyó a legisladores priistas a difundir una serie de líneas de comunicación para defender a su presidente nacional en redes sociales y medios, con una narrativa calculada: victimizar a Moreno y acusar al gobierno federal de un supuesto uso autoritario de las instituciones.

“Es persecución política, no justicia”; “Nos quieren callar”; “No nos van a doblar”. Estos son algunos de los ejes con los que el tricolor intenta convertir las investigaciones contra Alito en un ataque contra la oposición. La operación no es espontánea: es una campaña de comunicación centralizada, diseñada para cerrar filas, desviar el foco de las acusaciones y presentarse como mártires del sistema.

Según el documento interno, Morena estaría utilizando las fiscalías como herramientas de represión política. Sin embargo, lo que los priistas no mencionan es que las acusaciones contra Alito se acumulan desde hace años, y han sido documentadas incluso por medios nacionales e internacionales.

Resulta revelador que, en lugar de exigir transparencia, auditorías o poner a su dirigente a disposición de la justicia, el PRI decida escalar la confrontación mediática y buscar eco internacional. Alegan que Alito ha presentado denuncias ante la DEA, el FBI y hasta la Corte Penal Internacional. ¿Qué buscan realmente? ¿Defender a su líder o proteger una red de intereses?

Lo que está en juego no es solo la credibilidad del PRI, sino su capacidad para renovarse y romper con las prácticas de encubrimiento que lo hundieron en el descrédito popular. Defender a Alito a toda costa no es valentía: es complicidad.

En lugar de gritar “no nos van a doblar”, el PRI debería preguntarse si vale la pena seguir siendo rehén de un liderazgo marcado por el desprestigio. Porque cerrar filas con la corrupción, también es formar parte de ella.

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