Mientras sectores de la oposición critican que la Presidenta Claudia Sheinbaum viajara en vuelo comercial para asistir a la cumbre del G7 en Italia, el gesto ha sido interpretado por otros actores como una muestra de continuidad en la política de austeridad republicana, implementada desde el inicio de la Cuarta Transformación.
En días recientes, un hilo difundido en la red social X buscó rescatar la historia del avión presidencial como un supuesto símbolo de liderazgo y proyección internacional. El argumento parte del uso histórico de aeronaves por parte de expresidentes, desde aviones rentados hasta la compra de unidades exclusivas, como el Boeing 787 adquirido en el sexenio de Felipe Calderón y utilizado durante el gobierno de Enrique Peña Nieto.
El avión, valorado en más de 2 mil millones de pesos, fue rechazado por el entonces presidente Andrés Manuel López Obrador por considerarlo un lujo innecesario. Finalmente, fue vendido por la actual administración federal, en una operación que simbolizó el cambio de rumbo hacia una concepción más austera del poder.
Desde la visión de la oposición, prescindir de una aeronave presidencial representa una pérdida de imagen y presencia internacional. Para ellos, en diplomacia “la forma es fondo” y un país que no muestra símbolos de poder —como un avión exclusivo— proyecta debilidad.
Sin embargo, desde el Gobierno de México se sostiene una visión distinta: el respeto internacional no se gana con lujos, sino con propuestas sólidas y una política exterior centrada en la cooperación, la justicia climática y el desarrollo sostenible.
En contraste con lo que plantean sectores críticos, su asistencia a través de un vuelo comercial no afectó su participación en los foros de alto nivel, ni su capacidad para entablar diálogo con líderes globales. Por el contrario, su actuación ha sido leída como un acto de coherencia con los principios de austeridad y cercanía con el Pueblo que ha caracterizado a la actual administración.
El debate abierto entre una visión del poder centrada en la representación lujosa y otra enfocada en la sobriedad institucional, vuelve a poner en el centro el sentido del servicio público. México, hoy, opta por lo segundo.